No todo el mundo quiere volar tan ALTO

No todo el mundo quiere volar tan alto.
Algunos solo queríamos despegar, soltar o quizás aferrarnos. Unos venían de la calle, bandera de trapo, botella y alma de canción. Otros venían de la casa, mirada de costado, intento de mirada del lado interior del vidrio, seguridad chata de vuelta con camino recto. Pero todos traíamos algo, algo que esa noche tenía que salir e irse lejos para arriba como el brindis de año nuevo a los que se fueron o los ojos perdidos en el amor que es pero que no.
No todo el mundo quiere volar tan alto.
Íbamos adentro de algunos que al final nos iban a dejar, nos iban a olvidar o quizás nos iban a abrazar. Unos nos llevaban en las venas, si se cortaban sangrábamos, si se tensaban nos marcábamos y si tomaban nos mezclábamos con el alcohol (si lloraban nos caíamos). Otros nos llevaban para afuera, si nos teñían mostrábamos, si nos agujereaban desaparecíamos, si nos gritaban nacíamos (si nos luchaban quedábamos). Pero todos nos sentían, nos sentían fuerte para dejar de sentirnos, para decirnos adiós como la última vez que te veo (perdón) o nunca más me desagarran tus sueños.
No todo el mundo quiere volar tan alto.
Los algunos, los unos, los otros. Entramos todos. Por fin la garganta, la mano amiga, la sonrisa junta y la lágrima compartida de las esquinas. Por fin todos. Manos de anillos sobre manos de ampollas (y al revés). Hombros quemados y hombros de crema, hombros con hombros. Latidos saltando, deteniéndose, dándose cuenta. Ojos que encuentran ojos y se encuentran suyos y se encuentran otros. Gente. Recuerdos que flotan, futuros que asustan. Algunos estiran las manos y los agarran. Unos los mueven. Otros los evitan. Pero el mismo compás. Cientos de voces y la misma voz. El mismo anhelo. El afuera. Que salga para afuera. Que lo podamos tocar. Ver. Que lo podamos soplar y que se vaya, por favor. Que esté ahí en la voz pero no en los vasos cortados, no en las entrañas, no en la misma puerta en la misma vereda, no en eso que nunca se termina de ir porque lo queremos tanto, de verdad, tanto.
No todo el mundo quiere volar tan alto.
Entramos con ellos, adentro de ellos. Por fin el lugar. Nos habían hecho esperar tanto, habían contado horas y las habían vuelto segundos. Pero ahí estábamos, habíamos llegado, nos reconocíamos en una frase quebrada a la izquierda, una luz a diez pasos, una cabeza gacha que gritaba. Nos íbamos uniendo aunque éramos distintos, veníamos de cavernas lejanas (chau) o tan cercanas que eran imposibles de ver (yo), no nos llamábamos igual. Algunos no nos llamábamos. Unos no éramos. Otros habíamos sido. Pero a todos nos tenían y nos iban a soltar. Transformaríamos. Saldríamos de una estrofa para entrar en un silencio, un ahogo nos despediría para que una sílaba nos refugiase. Muchos. Muchos apretarían fuerte la mandíbula dejándonos sin ventanas. Muchos, sin embargo, no podrían dejar de cantar. Ahí llegaríamos. Tarde o temprano nos descubrirían y otra vez, en alguna otra noche mejor, nos volverían a llevar, nos volverían a soltar. Y en otros volveríamos a quedar.
No todo el mundo quiere volar tan alto.
Se encendió, pero no lo reconocimos. Nosotros, ellos los que llevaban y ellos los que eran llevados. Buscamos su por qué, pero fueron instantes. Nos dimos cuenta también de eso. Brillaba, pero no éramos nosotros. Algunos corrían. Unos bailaban. Otros perdían. Despegar, soltar, aferrar. Es difícil todo junto y todo último. Todo decisión. Es el último minuto, lo sabemos. Es la última vez de los dos. Corremos. Manos. Corremos. Vigas. Manos. Corremos. Tambor. Manos. Corremos. Redoblante. Manos. Corremos. Papeles. Manos sucias. Manos. Corremos. Salida. Manos. Corremos. Volvemos. Manos. Corremos. Volvemos. Cantamos. Manos. Ya no hay esquinas. Pero eso pasó desde el principio. Cuando entramos ya no había esquinas. No hacía falta esto. No todo el mundo quiere volar tan alto. Nosotros solo queríamos caminar, pero nos colgaron las zapatillas y no llegamos a bajarlas.

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